Gleyvis Coro Montanet (o entre las piernas, la guitarra)
Pinar del Río, 1974. Poeta y narradora. Miembro de la UNEAC. Ha recibido el Premio Poesía Erótica de Nueva Paz , 1996. Premio Alcorta de Poesía, 1997. Segundo Premio en el Concurso de Novela Dulce María Loynaz , 2001. Premio Iberoamericano de Poesía (Argentina, 2005). Ha publicado los cuadernos Cantares de Novo-hem (décimas, eds. Loynaz, 1999), Con los pies en las nubes (narrativa, Gran Premio Vitral , 1998), Escribir en la piedra (poesía, eds. Loynaz, 2000), Poemas briosos (poesía, Eds. Aristas de Cobre, Córdoba, España, 2003), Aguardando al guardabosque (poesía, Eds. Loynaz, 2006) y La jaula (poesía, Ed. Letras Cubanas, 2009).
Sin modelos de comparación
Azorada vigila
la mujer del colonizador las partes
pudendas de los aborígenes.
Temiendo la brisa que las haga mostrarse
mejor distribuidas, sin embargo
las persigue por entre los arcabuces,
los cuerpos que se interponen.
Golosa no las pierde
y a punto de enrojecerse con verlas
—del tamaño que prometen—,
surge un nuevo arcabuz,
una hilera de barriles cada vez,
como si su marido ejerciera
algún poder sobre los obstáculos.
La forma del tiempo
Todas las tardes, a las siete,
hago que hablo con mi marido.
Hago que le comento cualquier cosa o le pregunto.
Imito con los labios temas
de conversación de las parejas.
Pronuncio frases de amor y me convenzo
de que, además de relación, hago ejercicios
que fortalecen los músculos de la cara
y me acercan a la grata
letanía del matrimonio.
De modo que la cosa espiritual también funciona.
Y mi marido sonríe cuando me escucha,
aunque no dice nada. Debe ser por mí
que sonríe mientras lee la prensa.
Ante noticias cada vez peores
habría que ser malvado o irónico para sonreír
y mi marido no da muestras
de ninguna de estas dos condiciones.
Tampoco me dice nada cuando me ve desnuda,
aunque piense lo peor no me lo dice.
Esto me ayuda a suponer que me ama.
Óleo de la primera mujer con guitarra
Con el borde de la guitarra
sobre un muslo introduce,
en la postura de las hembras
—más piernijunta que los trovadores—,
los sonidos iniciales, a la verdad no tan espléndidos,
de una obra clásica que, aturdido,
el público no reconoce,
pues lo consume un lenguaje de tambores infinitos
por encima de esta música y por lo mismo
no se escucha casi nada.
Son tantas
y tan descomunales las miserias
afectivas de cada espectador,
que si apenas se descubre que producto
de la dureza de sus mamas el instrumento
le queda un poco grande, horizontal y alejado,
y el dedo idóneo casi no toca la cuerda última,
es por esto , de alguna forma, ya no es música,
y porque en vez de la melodía y su propagación,
de lo que todos están pendientes es del espacio
que le ocupa entre las piernas la guitarra.