RESEÑAS

 

ELIJO
Natalia Romero
Editorial La parte maldita, Bs. As. 2011

Por Mariano Massone

Cuando conocí a Natalia, ella me leyó un poema que se llamaba Cubanitos. Sólo me quedó una frase: “los como como choclo”. La repetición insoportable de la vocal o y de la fricativa c hacía preciosa esa frase, inolvidable (como la misma Nati ). Y es que ella es una escritora de la belleza. Como decía Perlongher, uno puede hablar de un sifón desvencijado y un mantel a rayas pero debe hacerlo de manera bella, tiene que sonar lindo. Y Nati lo hace. A veces, no se necesitan grandes artefactos: un sifón, una montaña, el mar, las migas y esas frases que decimos todos los días. Nati no le tiene miedo a esas muletillas: “y así fue”, “y nada más”, “y eso”, “o qué”. Ella nos quiere contar de sus muchos sexos, su elección es una orientación política y deseante (tiene la potencia de las múltiples potencias).

El viento eleva, transforma, transmuta, lleva las nubes, las lluvias de un lado para el otro. Y Nati, mi amiga Nati, camina por un cuerpo que es ruta, paisaje: “camino por tu espalda que no se curva,/ que deja mis pies pisar la piel como caricia” . Lo ínfimo se puede encontrar en lo mayúsculo y viceversa: “los ojos tuyos el universo entero” . De esta manera, no hay separación, un límite claro entre las cosas: todo se exuda, se expulsa o se ingiere como sistemas porosos que se van interpenetrando. El agua que corre abajo del puente de pronto se convierte en un grito sexual “me corro” (en España, correrse es lo que en Argentina es acabar en el acto sexual).

No sólo se habla de flujos de la naturaleza con el humano (el aire que se respira, la comida que se ingiere) sino también de los flujos entre los humanos y, es más, la naturaleza parece reproducir a modo de caricatura, de comic, imágenes de la actividad sexual: “puede ser una nena que trepa a la cima y chupa/el árbol como un helado gigante de vainilla” . Este gesto de comic recorrerá todo el libro, una fellatio hiperbólica de lo natural tamizada por una inocencia infantil (recordemos que ningún infante es inocente, sino en su estructura de perversos polimorfos, como los llamaba Freud a los niños). Nati es aniñada pero tiene también la perversión del niño.

Si Nicolás Rosa llamaba a la poética de Perlongher una ortofonía abyecta (Néstor navegaba entre cadáveres y cuerpos zombis, produciendo sonidos del orto), podríamos reformular esa figura para la poética de Nati: una homeofonía amorosa. Es homeofónica porque en la repetición exacerbada de sonidos muestra una nueva forma de curandería del amor. Ese gesto homeopático de su escritura se conjuga con su conexión de todo con todo, con su concepción de sistemas algodonosos que se extraen y se sustraen, que condensan y desplazan: “ me caí de la cama la otra noche. Rodé hasta el suelo casi me mojo los pies. El mar helado lo grabamos en un casette.”

Desde la cama desplazando hasta la playa, o la playa-cama muestra esta conexión dislocada de lugares comunes que forman esta figura homeofónica: todos los tránsitos que se recorren unen lugares desunidos, distantes. Como la máquina de coser en una mesa de disección, los recorridos que el yo atraviesa son lugares dispersos y distantes. Los sexos también serán dispersos y distantes, puesto que todos (el yo, el vos y esa no-persona, el él) pueden tener n-sexos: “estabas ahí adelante toda para mí. Yo una niña redonda en tus brazos. Eso era yo. Eso quiero ser. (…)me diste la mano y fuimos hasta él. Estaba de barba blanca como siempre, de brazos abiertos para amarte. Te esperaba. Los vi besarse tan apasionadamente que sentí vergüenza.”

Una niña que no termina de ser niña, que quiere ser niña, en ese momento, temporalmente ¿una trans en su momento de cross over, cuando se mira al espejo y ve su lenta transformación? Y ese hombre de barba (quizás ese Dios de comic, de dibujito animado) que ama poderosamente. A todo esto, el decoro metido en medio, la vergüenza… Esta imagen disloca homeopáticamente todos los lugares comunes: ¿Qué sexo tienen esas dos supuestas niñas, cuál es su objeto de deseo? En fin… repetimos la pregunta tan vieja ¿Qué es lo que quieren las mujeres? Y agregamos otra ¿Quiénes son mujeres? Cuando a mi novio le digo “ahh… estás preciosa”, ¿Es mujer mi novio por ese enunciado? ¿Existen las identidades o éstas están ligadas a las orientaciones de vida, al devenir temporal o espacial de un sujeto barrado por el lenguaje? ¿Se elige racionalmente un género o existe dentro de nosotros ese laberinto que damos en llamar inconsciente? ¿Y la naturaleza, el ADN que tiene que ver con todo esto? ¿Cómo se relaciona lo biológico con eso intangible que llamamos alma?

Nati parece surfear libidinalmente por esos ambientes poéticos, desarticular desde la aventura del lenguaje las elecciones para mostrarnos que todo no es tan fijo como creemos, que las configuraciones del alma son configuraciones complejas y dinámicas. El libro de Nati nunca se termina. El fin se da en su materialidad pero nunca en el dinamismo que propone.

Me conseguí un sifón color naranja. voy a llevarlo a lo de Josefina para ponerle soda al Cinzano con mucha gracia. en cada vaso un chorro de amor. la soda efervesce el momento. tengo que tener siempre un sifón para enamorar a mis amores. si dejo todo librado al azar la vida se me escapa. sólo Cinzano y soda. ésa es la clave. el amor está delante tuyo, sólo hay que saber bajarlo.

 


Y ASÍ DESPUÉS AMAR
Ivana Paola Mele
Córdoba, Alción, 2010

Por Marimé Arancet Ruda

Encarnación por la palabra

Y así después amar (Alción, 2010) es el segundo poemario de Ivana Paola Mele, nacida en Buenos Aires el 17 de octubre de 1986, donde actualmente habita. Este poemario en algunos puntos guarda relación con el primero, Encarnación (pajarosló editora, 2008); podrían verse como partes sucesivas de una salida al mundo simbólicamente dificultosa, que no termina de concretarse, salvo en la palabra poética.

Son veintisiete poemas en prosa, o más bien veintisiete momentos dentro de un largo poema, generados desde la contemplación de sí y desde un acuciante cuestionamiento respecto de la propia e inmediata realidad, de allí el epígrafe de Antonin Artaud: “Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”. Ya no hay una negación férrea a la apertura, como había en el primer libro; ahora las frecuentes preguntas retóricas abren brechas, al mismo tiempo que rechazan y, por qué no, desautorizan los caminos dados, los colectivamente legitimados.

Tales preguntas giran, sobre todo, en torno de la propia identidad y de sus condiciones vitales: “¿Volverá al seno de su madre para nacer de nuevo?”, “ ¿El corazón se acaba?”, “ ¿Cuál ha sido el pecado?”, “ ¿Qué es real ante Ella?”, “¿Más allá de qué?”, “ ¿Ella vive como piensa?”, “ ¿Cuál será la señal de su venida y del fin de la historia?”, etc. En su mayoría, estas preguntas revelan el conflicto entre aquello que se muestra y un fondo no visible. La confrontación se sostiene, entre otras cosas, sobre la sospecha, porque este sujeto agónico no confía. Un “Ella” que, presente una y otra vez, generalmente es unívoco, aunque por momentos su identidad de confunde con otras figuras femeninas, como la de la madre y la de la Virgen María (“Parece que lloverá en el paraíso. La luna se encuentra debajo de sus pies y sobre su cabeza conviven estrellas”).

Por un lado el texto ofrece múltiples visiones fantasiosas o fantásticas (“La imaginación circunda por su mente de celofán.// De fondo, la música viste de azul. Los cocodrilos se alimentan de la luna. Los pájaros se transforman en sirenas. Y Ella en humana. Sus manos huelen a flores y a sueños abiertos.”); por otro, tramado con las imágenes anteriores, hay un imaginario de corte religioso; éste no ocupa el primer plano, pero, cada tanto, aflora dejando ver un contexto de fondo (“Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre”). Dicho sustrato refuerza el combate implícito entre lo verdadero y lo falso, aquí sinónimos de lo interno y lo externo, de lo propio y lo ajeno: “Comienza a sentir un hormigueo por sus manos y la lejanía de sostener una sonrisa”.

Nuestro sujeto femenino, “Ella”, se presenta débil, se halla siempre a punto de dejar de ser, o apenas alcanza la existencia (“Si alguno tiene oído, oiga los lamentos, relámpagos y voces de su cuerpo y a la bestia que penetra su nube de cartapesta en Ella. ¿Podrá sostenerse en pie?”). Sin embargo, al mismo tiempo, es un sujeto feroz, en quien la ira puede producir cataclismos: “En el espejo la furia se contempla al igual que el aleteo de una mariposa”. Sólo el miedo la frena: “El tiempo tiene miedo”, “Se huele miedo”. El miedo no sólo determina la atmósfera (“Derrama su espíritu sobre animales sacrificados. Tiene miedo de lastimar. Miedo de creer”), sino que es agente al atascar el desborde o la revolución completa (“ Está angustiada con la cabeza queriendo revolución mientras en silencio destroza cada lágrima que cae del ojo izquierdo. Necesita un drenaje urgente y un sueño que no se escape”). Aunque, muchas veces no se sabe si el miedo surge a causa del afuera o del adentro; de aquí nace nueva incertidumbre, brota más temor, se redobla el conflicto.

Precisamente, la obra se construye sobre la tensión entre un mundo que se dice real y otro de corte fantástico, plagado de imágenes oníricas o alucinatorias ( “La vuelta a tierra es imposible sin entrar en contradicción con la realidad”). Ese mundo real suele asociarse con lo escénico; se habla de “telón”, de “escena”, de “personajes”, de “función”, de luces que “se prenden y apagan”, de “decorado”, de “disfraz”, de “máscara”, etc. El mundo en el que sí transcurre la vida, tal vez menos real en tanto fenómeno interpersonal, pero más auténtico, está oculto: “ Detrás de la sombra hay un espejo que esconde algo. Ausencia. Mutismo. Y otra mirada en escena” . Allí, ad intra , ocurre una existencia sufriente y convulsa: “ Una medusa la sujeta entre su seda. Está envenenada, quiere subir y no sale. La presión petrifica su corazón y de su cuello brota sangre, herencia y la sombra que abandona la profundidad.// Su cuerpo ya no existe”. El interior, inquieto, está lleno de ese mínimo, incesante e incontable movimiento de insectos: “Ella ve dos ángeles revoloteando por fuera pero su mente percibe a dos insectos que temen a la creación”; insectos en la boca (“ Adentro de su boca habitan mariposas ardientes que luchan por conseguir luz antes de que las horas bajen y la vida sea real.”), insectos en el hígado y en el corazón (“ El hígado tiene luciérnagas y por la parte superior hay alas sujetando el corazón”) , insectos en los huesos (“su columna vertebral cubierta de escara-bajos”). En el exterior, aunque provenientes de “Ella”, hay animales temibles que dañan, como escorpiones y víboras.

Frente a ese Ella de doble faz, hay un único él, que aparece en el poema XXIII. Él la rescata, “clava su mirada roja, desde lejos, como un Dios sin pecados”. Ve dentro de la oscuridad en la cual “Ella” está sumida, don proveniente de que “es un búho”, con todo su valor tradicional positivo.

Mele hace avanzar su texto a partir de las interrogaciones, siempre sin respuesta, y a partir del registro de las percepciones de la corporeidad. Las preguntas adquieren valor de queja, de enojo, de desafío. Frente a este gesto entre caprichoso, airado y descreído, lo sensorial ocupa un espacio clave. Es la faz en que la indagación efectivamente se lleva a cabo, y el único lugar por donde podrían llegar las improbables respuestas: “Ella llora, sus rodillas tiemblan porque mañana tendrá que vivir todavía. Sus nervios están demasiado despiertos, la retienen las pestañas y las negras noches de sus ojos verdes.”

La mayor parte de los enunciados gira en torno de lo corporal, de sus sensaciones, en especial, de sus malestares, quizá porque es una poesía todavía en proceso de “encarnación”, el problemático motivo de base que da entidad a esta voz. Una voz que habla firme, pero tímida, queda-mente, cuando se tiene la impresión de que querría gritar, y no puede. Esta sufrida impotencia causa padecimiento y, como conjunto de fisuras en ese entorno desagradable, causa el poemario mismo. Este libro plantea, con temor y súbitos arrebatos de coraje, la posibilidad de abrir una puerta, de acabar de transitar el canal de parto, para “ después amar ”, como reza el título. Al cabo de la lectura, la recurrente expresión de deseo, la protesta reflexiva y más o menos velada, contenida, y la visión de cosas no realizadas dejan abiertas la expectativa y la pregunta: ¿qué viene después?

 

VARIACIONES DE ÓRBITA
(bitácora de la Astronauta)
Romina Freschi
Buenos Aires, pajarosló editora, 2010

Por María Laura Romano

Ser la perra astronauta

Variaciones de órbita de Romina Freschi empieza con una dedicatoria singular. El pequeño libro, compuesto por 6 poemas, está dedicado a Laika, mundialmente conocida por ser el primer ser vivo en viajar fuera de la órbita terrestre. En ese texto inicial se cuenta el final de la perrita, que murió a horas de haber salido de la Tierra a causa de las altas temperaturas y el pánico. De la escritura de esa dedicatoria, que imita la expresión sobria de una biografía, resalta esa última palabra, pánico: el miedo masivo a una cosa.

Como entrada al poemario me gusta pensar que el pánico de Laika funciona como metonimia de la cosa que lo produjo, una cosa que no cabe en ningún tiempo o espacio y que solo se puede aludir en una palabra mágica, como si el “pánico” de Laika fuera un término que apresara solo las consecuencias de la exposición a un objeto que es tan masivo que no logra ser captado por ninguna palabra. La cosa de la que hablo es el espacio infinito, que no está demarcado por el hombre, que no tiene ninguna referencia humana y que es, por todo eso, igual al vacío. Esta especie de no lugar al que fue enviada Laika se corre al interior del texto para ser allí imaginado: “Haber imaginado el espacio es ser el espacio/ -y el vacío-”, dice el último poema.

Entrar con una metonimia a este poemario creo que es conveniente; después de todo, esa figura de la retórica representa desplazamientos del lenguaje que combinan con los corrimientos físicos y lingüísticos que Variaciones… escenifica. De hecho, la perra fue condenada al des-tierro al igual que eran condenados en la Antigüedad los enemigos políticos del Imperio Romano; o, en otras palabras, fue obligada a salir del mundo humano, a medida del cual (ella y todos los perros) había sido creada. Laika debe partir y al final se parte en mil pedacitos cuando la nave en la que viaja se desintegra.

El yo poético astronauta del primer poema está mimetizado con Laika. Es más, por una magia contagiosa, como esa que nos lleva a creer que el objeto de un ser querido nos protege, en todos los poemas habla la perra : el animal servil del hombre, la (hija de) puta, la guacha. A la manera de la enunciación de las literaturas menores de Deleuze, el espacio donde se recoge la voz de este texto es, entonces, el de los subalternos, es decir, el de aquellos que, si hablan, solo pueden hacerlo con la voz quebrada. Así como Kafka escribía en un pésimo alemán, la voz que emerge por contigüidad a Laika enuncia desde la nave basura que ya no le sirve a nadie y que se conserva esforzadamente “a pesar de” la falta de función.

La nave quedó vacía pero sus instalaciones aún funcionan.
Las luces están prendidas. Las máquinas todavía hacen
ruido y el vacío, les hace eco.
Eco de lo que funciona pero no se habita, no se tiene.
Práctica que está vacía.

Esa nave vacía me hace acordar al cuerpo del puerperio y los ecos que en ella se producen me recuerdan las resonancias de la “máquina materna” que siente la mujer por el vacío de haber ya dado a luz. La nave espacial desorbitada y Laika podrían ser entonces metáfora del cuerpo y la madre, incluso metáfora de esa disociación: “¿Acaso no soy yo quién me fui?”

Sin embargo, Variaciones… no sólo apuesta a la imaginación por figuras. En el poemario están la madre y la perra literales, una particulariza su sentido por la otra y viceversa. De hecho, de la historia de la perra Laika a la astronauta de los poemas hay solo una hoja de diferencia, justamente un epígrafe que emperra al lector diciéndole “tú eres el perro”.

Por eso, la PERRA LAIKA y la MADRE son personajes distintos. Dado que son diferentes y no se confunden en una metáfora, pueden compartir el mismo destino de partida : la madre parte el mundo en dos, se parte ella, comparte el mundo con el hijo, el regalo más grande por lejos y el que más duele. Laika parte del mundo humano para perderse en el vacío, en el espacio abierto del universo donde termina sus días.

Año Luz

Ese estruendo es lo que quema. ¿Viene de adentro? ¿De
dónde viene ese rotor, ese ruido? ¿Quién adentro y quién
afuera? ¿Acaso no soy yo quién me fui? El tembladeral me
posee, es una réplica y ya no sabe quién contesta.

¿Cómo modular el oído para escuchar las voces de esas partidas de lo humano (y ojo que el genitivo de la frase es ambiguo: significa dividir lo humano y también salirse de su órbita)? No sé si los libros fundan sensibilidades o sorprenden a aquellas que ya estaban predispuestas a escucharlos. Creo que Variaciones… es un texto donde abunda el léxico de la partida y que precisa cabezas donde algo de lo roto haga eco, donde haya reminiscencias de los tiempos inmemoriales de una partida también inmemorial.

Si pienso en la teoría deleuziana de la literatura menor, el yo de Variaciones… se parece a un dispositivo colectivo de enunciación. ¿Qué dice esta voz ampliada o, mejor, los ecos de esa voz? Hablan de la desligazón del mundo humano (otra vez la ambigüedad del genitivo), recuerdan que el proceso civilizatorio empieza por el corte, la prohibición, la inhibición (la marca del ombligo), nos cuentan en verso de(L) malestar de la cultura. En fin, Variaciones… es una bitácora singular porque su yo-nave vacía el mundo, le quita la prerrogativa del sentido, muestra cómo la vida humana- la vida perra- puede ser a veces un tembladeral .

LA POESÍA DE ARTURO CARRERA
Antología de la obra y la crítica.
Nancy Fernández y Juan Duchesne Winter.
Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana (IILI). Universidad de Pittsburgh, 2010

Por Rocío Pochettino

 

En ocasión de una antología de la joven poesía argentina seleccionada por Arturo Carrera, él mismo distinguió dos imágenes para presentarnos claves para leer las antologías. La primera, la de la antología como ‘colección de flores', como composición cuyo lenguaje ofrece y abre a las preguntas y a la conciencia del lector. Florilegio que se da, y que como don expande –entre la gratuidad y el exceso- la maravilla del interrogante. La segunda imagen concebida, la del ‘efecto óptico' como refracción del y los libros, de la y las lecturas, como destello que conjuga curiosidades, criterios y azares. Florilegio o destello, toda antología se ofrece –vulnerable- a la pregunta: ¿qué fragmentos, qué placeres, recorridos, tramas y lecturas alberga? ¿Con qué reservas hospedar en un libro la luminosidad y la floresta, optar y reconstruir centelleos y fugacidades, elegir sólo algunas palabras de la lengua de las flores? ¿Acaso una hospitalidad sin reservas, que ante la expansión nos vuelva microtopía su biblioteca, su escritura y sus lecturas? Pequeño mundo o reino, este libro que nos inter-pela, nos refracta refractándose, traza una cronología del autor como movimientos -pequeñas danzas- por estaciones y ciclos, al tiempo que vela por una comunidad de escritura, de lectores y amigos, mapa de afectividades y mundos desplegados.

  La poesía de Arturo Carrera. Antología de la obra y la crítica .

A propósito de la escritura poética del autor, Nancy Fernández afirma ese trato con la vida y la cultura procesadas íntegramente por la experiencia, por el cual “escritura y lectura forman parte de un proceso nunca clausurado ni definitivo, sino más bien continuo; es en esas instancias de inmovilidad y afirmación donde el autor define su poética con la marca singular de un resultado identitario” . Por estos motivos, las operaciones sobre la figura del autor y su obra, en el proceso de antologarlo, traen consigo la necesidad de un vívido diálogo, de la experimentación de una lectura y escritura incesante que entrama la singularidad de un camino o estela compuesto por una sucesión y una dispersión de libros, pero también de otras voces (y silencios) marcados, sellados, sensibles a las huellas de huellas de la escritura de Arturo Carrera: sus lectores, compañeros y amigos, sus críticos, e incluso, los materiales que en ausencia siguen escribiendo este libro. Esta antología despliega entonces el tránsito inacabado de una experiencia, de una mirada ‘foto-sensibilizada' por la estela de Carrera, escribiendo múltiples poetas, libros y utopías.

Este libro se organiza en dos grandes secciones destinadas a la obra del autor y a la crítica que la ha interpelado. El Prólogo de Juan Duchesne Winter no sólo funciona como gesto inaugural de la serie de volúmenes crítico-antológicos del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana (IILI), sino como albor de una perspectiva que hace de Arturo Carrera partícipe de una trama de amigos-en-la-poesía, y nos hace atender a la antología no tan sólo como un gesto crítico y académico, sino como un acto ético. La Nota a modo de introducción de Nancy Fernández, confirma la dedicación comprometida al diálogo poético con un autor y su obra, el atravesamiento de escritura y experiencia, y la necesidad de permanencia en el gerundio de una lectura de la amancia . Así , el movimiento al que somos ofrecidos en y por la lectura de esta antología, es el de un itinerario múltiple por diferentes zonas y efectos de la obra y la crítica de Carrera.

La selección de Poesía visibiliza los rieles trazados por los libros de Carrera: desde Escrito con un nictógrafo (1972) hasta Fotos imaginarias con nieve de verdad (2008), la antología comprende –con el más dulce y riguroso cuidado editorial- la singularidad de cada obra y artificio, disposiciones y materialidades. Así se suceden Oro (1975) , Arturo y yo (1984) , Mi padre (1985) , Children´s Corner (1989) , La banda oscura de Alejandro (1994) , El vespertillo de las Parcas (1997) , Tratado de las sensaciones (2001) , Potlatch (2004) , Pizarrón (2004) , Noche y día (2005) , La inocencia (2005) , Las cuatro estaciones (2008). La luminaria tendida sobre estas obras monta, a su vez, otras formas de visibilizar aquellas obras que han quedado fuera de selección. El contrapunto crítico vuelve radiantes aquellas, tramándolas además a la cuestión de los procesos y procedimientos, las genealogías, las artes en colaboración. Dispuesto en dos apartados, el diálogo entre ellos conduce a preguntarnos por comunidades de escritura e intérpretes, por un posicionamiento estético y ético que haría del libro un artefacto de interrogación continua e ineludible. “Cada uno de estos trabajos son, por eso mismo, el producto de una mirada y una elección; cada una de las firmas pertenece a un crítico auténtico a la hora de recortar su objeto de estudio. Estas firmas son garantías de una posición ideológica acerca del arte y sus condiciones de posibilidad, acerca del entramado cultural que implica la producción, la lectura, su distribución e inserción institucional” .

No sólo perspectivas, sino registros y diferentes tramas se ofrecen en esta sección para el ejercicio de mapear el cosmos carreriano. Las discusiones pueden organizarse alrededor de ciertos núcleos, como las cartografías deseantes atravesadas por los mitos de una refundación afectiva del espacio y el tiempo, del Pringles del poeta como punto cardinal donde confluyen geologías, planos múltiples y el deseo de cambiar el mundo (Joaquín Correa), o el mapa de la infancia como itinerario de sensaciones y afectos guiados no por una cronología sino por el por venir, como cuerpo expuesto diseño del espectáculo de la propia afección, de la huella y su borradura ( Anahí Mallol ), o quizás la irrupción de la utopía realizable, de la imaginación y la realidad que hacen cuerpo indiferenciado en Estación Pringles (Romina Freschi). También se disponen planteos en torno al lenguaje y su experiencia: la lengua áurea, el potlach y el habla perdida (Paula Siganevich); la lengua del don, el habla visible en lo invisible, la estética, la experiencia y la ética (Raúl Antelo). Se atienden, por otra parte, los necesarios interrogantes en relación con el barroco y ciertas modalidades de trazar genealogías (Diego Vecchio, Jorge H. Wolff); las genealogías vívidas, los ecos, las paternidades (Tamara Kamenzsain, Silvio Mattoni ). Tienen su lugar, también, textos que interpelan sobre procedimientos y materialidades de la escritura carreriana: el proceso de escritura, de trabajo, de construcción de la voz (entrevista de Nora Domínguez); o acerca de lo fotográfico como notación del presente, lo breve y fútil como teoría y programa de producción poética (Reinaldo Ladagga); sobre la materialidad del color y su genealogía, del ‘oro' y el estallido en el cuerpo blanco y negro de la poesía (Romina Freschi); sobre la escritura en blanco y negro como claves-sentidos-guías o proyección de sendas en la oscuridad de lo incógnito, la gestación de éstas como problema y forma de informar (Saúl Sosnowski). En relación con ello, las filiaciones con la poesía concreta como verso y reverso de una galaxia de procedimientos y sentidos (Mario Cámara), y la posibilidad de pensar en Carrera la singularidad de la obra-performance, el libro juego, el libro cuerpo (Ricardo Corona). Por otra parte, hallamos interrogantes en torno a lo representacional y la inscripción de la poesía de Carrera en los relatos totalizantes de la literatura argentina, haciendo dialogar el mundo poético del autor con ese ‘país de la representación: Echevarría-Lamborghini-Aira' (Ariel Sche-ttini); o sobre la relación entre la experiencia, lo testimonial y la poesía, planteándola como un relato del desvanecimiento (Sergio Chejfec). La atención de la crítica se involucra además con el ejercicio permanente de ‘escritura a cuatro manos' probado por Carrera: los contrapuntos frenéticos de la payada-payasada en colaboración con Osvaldo Lamborghini (Héctor Libertella), o el tratado - cancioncilla y retrato - sobre la infancia como posibilidad misma del pensamiento, entre Carrera y Alfredo Prior ( Daniel Link ). Finalmente, junto con estos ‘entre' visibilizados en la antología, no puede dejarse de leer en el brillo de la tapa del libro –como rutilante guardián- uno de los Osos de Alfredo Prior, vislumbrando quizás que en el ocaso del libro, cuando éste se cierre con el último texto, la firma de Osvaldo Lamborghini oficiará, afectiva, la proximidad del abrazo y la constelación.

La poesía de Arturo Carrera. Antología de la obra y la crítica, ofrece así no sólo un riguroso estudio en torno a la obra y figura del poeta de Pringles, sino que asume toda una ética y estética en el procedimiento de tratar y desarrollar una antología.

 

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