Quito:

una mujer inca sentada bajo un árbol

 

Alejandra Correa

 

1.

 

- Spóndylus.

 

La primera vez que alguien dice esa palabra estoy a tresmil metros sobre el nivel del mar, en Quito, Ecuador, con los pies en el Mirador de Guápulo. El hombre señala lo que tengo entre manos y me dice que es una joya, que los incas ya tallaban las valvas de este molusco. De tan anaranjada, casi fosforesce. Saboreo la palabra que se me olvidará en unos segundos. Compro unos aritos, incrusto una leyenda en mis lóbulos.

 

Desciendo una cuesta. Como por arte de esa palabra, descubro este sitio que será el màs vívido recuerdo de esta ciudad. Una suerte de balcón natural debajo del cual se despeña la ciudad con sus catedrales y monasterios y esas autopistas que de noche son invadidas por roedores luminosos que no cesan. Este cerro se enfrenta a otro situado a varios kilómetros como si se mirara en un espejo del pasado: el de enfrente aún conserva un enorme bosque con todos sus árboles en pie.

Respiro el aire pesado, cargado del alma limpia de las piedras. Aquí los colibríes tienen voz y cantan, más cercanos a los pájaros que a los dioses. Pienso que si ya hubiese viajado lo suficiente, podría argumentar que se trata del mejor lugar del mundo. Pienso, qué suerte que no haya viajado lo suficiente.

La montaña desciende hasta una calle que desde aquí es sólo una adivinanza. Por una escalera rústica que cae vertical, suben ancianos, señoras y niños, boqueando. En sus gargantas está el valle verde y, en el fondo, una fosa cóncava que absorbe nubes y encrucijadas. Las voces son trazos de un folklore nacido del hambre, entre los que brilla una palabra como una gema preciosa. Una palabra que he olvidado.

 

2.

 

Una virgen gobierna la ciudad. Una virgen con su corona de virgen y su manto de metal, encadenada al cuello de una serpiente alada, un animal tan ingobernable como el deseo. La escultura representa a la Virgen María tal como se la describe en el Apocalipsis bíblico: una cadena la apresa a la serpiente que simboliza el diablo. La versión popular cuenta otra cosa. Dice que la virgen tenía la costumbre de escaparse de noche y que por ese motivo han decidido encadenarla.

 

Es la virgen de El Panecillo, nombre que le dieron a este mirador natural los conquistadores españoles por su parecido a un pan pequeño. "Shungoloma", se llamaba antes de ellos, palabra con un centro profundo que en quichua significa "loma del corazón". Entonces, en el sitio que ocupa hoy la virgen de aluminio había un templo dedicado al culto del dios Sol, Yavirac, que fue destruido mientras  resistían al avance español.

 

La loma de El Panecillo es una referencia para los quiteños porque marca la división entre el sur y el centro de la ciudad y aún mantiene la Olla de la época incaica, una cisterna circular de ocho metros de profundidad que fue utilizada para almacenar agua de lluvia destinada al riego.

 

En ese ejercicio de instaurar marcas sobre los símbolos impuestos por la cultura dominada, los españoles casi siempre se pasaron de obvios. Hay a cada paso de este bello continente latinoamericano, una dimensión sembrada con sangre y fuego sobre otra donde aún respira el sentido. Debajo, las ruinas del origen. Por sobre ellas, las banderas de los vencedores y sus sacristías. Debajo,  todo lo enterrado que aún late en los relatos que afloran del gran sueño prehispánico. Prácticas y costumbres que nadie pudo matar. Encima, cada uno de los monumentos que se encarnaron en el corazón de los pueblos originarios para constituir un nuevo discurso. El viajero debe realizar el ejercicio de traducir los huesos que yacen bajos los monolitos de piedra, los templos y sus oros.

 

Al pie de El Panecillo, los puestos de souvenir nos ofrecen un ajedrez donde, en un mismo plano y en pie de guerra, sigue la disputa: las piezas blancas están representadas por conquistadores españoles sus reyes y reinas alhajados de pies a cabeza, sus soldados con cascos metálicos; las negras son incas que en vez de caballos montan llamas y peones que, a cambio de los cascos, llevan sus cabellos negros al aire. Lo compramos por cinco dólares.

 

 

3.

 

Hicimos este viaje con dos alas: el ala de la poesía y el ala del gentilicio. Viajamos Romina Freschi, Julieta Lerman y quien escribe esta crónica, invitadas por la Dirección Cultural de la Cancillería y la Embajada Argentina en Ecuador. Nuestro objetivo: leer poesía y hablar de poesía a tiempo completo. Algo soñado pero que, a poco andar, comprendemos que puede quebrantarle los nervios a cualquiera.

 

En este experimento, leeríamos seis veces en tres días. Participaríamos de un ciclo sobre “Rupturas y desafíos de la Poesía Argentina Actual” (sin saber exactamente a qué refería la cuestión) y nos acompañaría el editor Gustavo López, de la editorial Vox de Bahía Blanca, quien tendría a su cargo una introducción al tema que nos convocaba.

 

La primera vez que asistimos a misa es en Librimundi, una coqueta librería de la zona intelectual de la ciudad de Quito. López define la poesía argentina actual arrancando de la poesía de los 90. A continuación citará una nómina completa de “los mejores poetas argentinos” que, aclarará sin rodeos, están aglutinados en su editorial. El espíritu de esos santos apóstoles nos acompañará en cada lectura, a modo de liturgia. Ellos sostendrán el pan y el vino, por obra y gracia de un acto de fe de nuestro compañero de viaje.

 

Luego de leer cada una lo suyo, difícil de hacer entrar en el molde para torta “Nueva poesía argentina”, discutimos brevemente sobre cuestiones generales como si el uso del lenguaje coloquial es la marca de “la poesía argentina actual”. Nosotras no acordamos con esta consigna. Las preguntas y la discusión nos van llevando a lo que para cada quién es bueno y bello. A poco andar, las posibles disputas sobre el terreno de “la nueva poesía” y sus versiones bostezan, irreconciliables.

 

Leemos poesías en la Universidad Central de Ecuador y al día siguiente en la Casa de la Cultura. En ambas ocasiones participan los poetas ecuatorianos Violeta Luna, Carmen Váscones, Fabián Guerrero e Iván Oñate. Leemos poesía en FLACSO y presentaremos una Antología de poetas argentinos-ecuatorianos, junto a los poetas Aleyda Quevedo, Juan Secaira Velástegui, Carlos Alberto Vallejo, Juan José Rodríguez y César Eduardo Carrión.

 

No se establecerá entre nosotros ningún otro debate sobre lo que somos. Ya hemos entendido que aun cuando nuestra misión es la misma, los gustos, las ideas y, por sobre todo ello, la forma en que somos capaces de formularlas, son discordantes.

 

A cambio de los acuerdos que resultan imposibles, compartiremos los regateos en la Feria y una de esas grandes fuentes de llapingachos donde conviven en colorida armonía, el maíz, la carne y los vegetales, cada uno en su porción de espacio, uno junto al otro. Hasta que la digestión haga lo suyo.

 

 

4.

 

Pienso que no viajo sino que me dejo viajar. Me dejo habitar por el alma del desierto, el misterio húmedo de la selva, los cientos de líneas en fuga que construyen una ciudad colonial… Basta con recorrer las fotos en las que soy un camaleón feliz para poder afirmar que algo sucede con mi yomisma si lo traslado a otra escenografía y latitud. Algo profundo cambia si el viaje está trabajándome.

 

Y luego, hay un punto de toda travesía en que pienso y siento que viajar es pasar desapercibida. Absorber el entorno y ponerse en la piel del habitante de ese lugar para que lo que nos rodea se transforme en propio, aun siendo ajeno.

 

Algo que nos obsesionó desde antes de llegar a Quito es saber que a pocos kilómetros de la ciudad, fluye una línea imaginaria que señala “la Mitad del Mundo”. Vamos hacia allá con los ojos encantados.

 

Subimos y bajamos carreteras, y en algún lugar del camino, alguien señala a la distancia al Cotopaxi, el volcán mítico. La garganta de fuego que gobierna las tripas de esta tierra.

 

En el lugar, el misterio se disipa y gana la literalidad absoluta. Aquí todo se llama “la Mitad del Mundo”: los puestos de comidas, la heladería, un kiosco o dos o tres, una boutique con objetos de lana de llama y oveja.

 

Como escena, la Mitad del Mundo es una serie de locales de comidas regionales (cuis a la parrilla, empanada de morocho y de viento, encocado de pescado, seco de chivo, mote con chicharrón y yucas fritas), ponchitos de alabastro y camisetas con inscripciones meridianas. Sin embargo, quién no desea estar allí y hacer piruetas en la cuerda floja sobre la línea amarilla de Parking que partiendo desde una gran E de cemento, delinea la latitud cero. Somos ecuyères. Equilibristas. Equidistantes. Equinocciales. Cada una de nosotras celebra a su manera: paso de danza, crucifixión, salto en una pata, enanismo. Una coreografía que no hemos ensayado comienza a dibujar nuestras mitades. Improvisadas.

 

El mejor compañero de viaje, el mejor compañero de vida, es aquel que sabe jugar. Con Julieta y Romina, en Quito, hemos tenido nuestros momentos.

 

5.

 

Una de las introspecciones más bellas de este viaje fue visitar el Pululahua. Nos dijeron que se trataba de un pueblo afincado sobre el cráter de un volcán. Un pueblo pequeño con sus sembradíos y sus habitantes. Cuando llegamos al lugar, la niebla lo había cubierto por completo. El pueblo yacía dentro de un caldero donde una cohorte de brujos ensayaba los hechizos para salvar a la Humanidad.

 

Una mujer renga bajaba hacia ese confín. La seguí unos metros adentrándome en una nube fría y gris que solo dejaba al descubierto los siguientes dos pasos. El misterio era fundamental. En el  Pululahua hay que saber encomendarse.

 

La niebla marca el ritmo de estas latitudes. La niebla habla de un incendio ausente, un incendio que sucede en otra parte. Un fuego que proviene del cielo pero que se hace eco en la tierra. Destroza. Desarma y sangra.

 

A esta in-certeza de la niebla que se hace suelo en las laderas, la ciudad de Quito responde con el oro de sus catedrales y la majestuosidad de sus edificios coloniales que la convierten en Patrimonio de la Humanidad.

 

Uno se encandila en La Compañía, ese templo creado por varios siglos trenzados en la doctrina religiosa. Una iglesia barroca, dorada, apelmazada de santos e imágenes religiosas. Un huracanado mundo interior que fluyó como la lava de un volcán de oro, dejando a su paso la cubierta tallada de esta otra montaña. La de la fe. Inamovible.

 

 

6.

 

Cuando ya dejamos de leer poesía, planeamos un día completo de paseo. Recorremos caminos de montaña. En los valles verdes se divisan las parcelas con sus sembrados. Las casitas de piedra volcánica y sus jardines colgantes. Los tinglados de los invernaderos donde se cultivan las rosas de exportación más gigantes del mundo.

 

Entrando a Otavalo, en el departamento de Imbabura, los otavaleños nos reciben con sus trajes típicos. Ellas con largas polleras negras o azul marino, camisa blanca empuntillada, sombreritos negros, largas trenzas azabache, y varias hileras de guashcas de cuentas doradas. Cuanto más vieja la mujer, más gordas las cuentas de los collares. Ellos de impecable y rebelde blanco, pantalones y camisas. También de largas trenzas (la trenza es una dignidad adquirida, un símbolo de la ética de quien la porta) y un poncho que atraviesa el pecho, o un chaleco negro, en símbolo de duelo por la muerte de su cacique.

 

Es sábado, todo el pueblo es un entretejido de puestos, colores, sabores, sonidos. Nunca soy tan feliz como en un mercado. Y si ese mercado tiene las dimensiones de una ciudad completa, la felicidad puede hacerme estallar. Sobre todo los bolsillos.

 

Aquí el regateo es la norma. No regatear es ser descortés. O simplemente un extranjero. Un extranjero que no entiende nada de nada. El castigo es pagar todo el doble. “¿Cuánto me das, amiguita?” es el primer paso hacia esta danza del discurso.

 

 

7.

 

- Spóndylus.

 

Es la segunda vez y me detengo como si la realidad me golpeara en la frente. Tengo las cuentas en rojo y estoy cargada de abalorios en esta feria de sábado de Otavalo. Perdido entre la multitud de ofertas, el artesano, me señala su mercancía exquisita sobre una mesita pequeña, cubierta con un paño negro. Y dice la palabra. Me quedo sin aliento.

 

Revuelvo todos mis bolsillos, peleo el precio a muerte, le pido plata prestada a Gustavo. Obtengo mi mercancía. La aprieto contra mi cuello. La acaricio. Tiene la suavidad de la un trozo de seda anaranjada. Sin embargo, en el revés es estriada y blanca como el nácar.

 

Ahora sé que mucho antes que los incas fueran alfareros, eran estas valvas las que buscaban para tallar con ímpetu artístico. El Mullu, lo llamaban en quechua. Desde las costas de Ecuador, desde el golfo de Guayaquil hasta el de California, y hacia el sur hasta las costas de Tumbes, en Perú, los spóndylus habitan una profundidad que va de los 3 a los 28 metros y son arrastrados por las cálidas corrientes marinas. Los dioses pedían mullu para hacer llover y por eso se hicieron indispensables en los rituales religiosos y funerarios. Fueron además, elementos de ornato, de distinción y de prestigio entre chamanes y guerreros. Me sumerjo en aguas púrpuras, rojas, tornasoladas.

 

Todo viaje es un sentido que se despliega en el espacio y en el tiempo. Una sentido que nos despliega en una corriente subterránea. Como si el molusco que somos, aflorara a la superficie y se nos hiciera visible.

 

En un sitio y un tiempo que ya ha vuelto a guardarse soy una mujer inca sentada bajo un árbol. Estoy al borde de un escalón de montaña, enfrento la garganta del valle verde. Oigo cantar a los colibríes. Sostengo un collar entre las manos. Aurora y radial. Irradiante. Radicalmente anaranjado. Pienso en una sola palabra. Nueva. Única. Imposible.

 

 

 

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