II Festival

de Poesía en el Centro

crónica desde la periferia

 

por

romina freschi

Del 07 al 14 de julio de 2010 se celebró en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini de la Ciudad de Buenos Aires el II Festival de Poesía. El evento está impulsado por el departamento artístico del CCC que ha cristalizado en el espacio Juan L. Ortiz y del que actualmente son responsables Juano Villafañe como director artístico, Carlos Aldazábal como coordinador general del espacio y una comisión integrada además por Inés Manzano, Rodolfo Edwards, Alicia Genovese, Dolores Espeja y Vicente Muleiro. El CCEBA ofició de auspiciante.

Con una propuesta mayormente clara de apertura y una infraestructura sencilla pero sólida, el Centro, el Espacio Juan L. y sus proyectos asociados (La Costurerita, El Surí Porfiado, y también otros como el ciclo Interiores) cubrieron algunos terrenos vacíos, generando espacios sin consenso – pero con la promesa de ir en busca de alguno – y afirmando algún nuevo tipo de dominio – a tientas todavía – sobre los débiles canales de la poesía nacional y latinoamericana.

Con algunas ausencias específicas y otras ya imposibles de tornar en presencia -al parecer hasta el momento- creo que el Festival afirmó – hasta donde pude ver- una hegemonía bastante contundente. Y digo “hegemonía” solamente porque ése fue el tema- y la palabra usada en el tema – para el que fui amablemente convocada a participar, y el lugar que me sirvió de punto de partida para construir la siguiente crónica.

 

Cerca de dos meses antes de la apertura del Festival recibí la invitación a participar de una mesa de reflexión mediante un mail de Carlos Aldazábal. En ese entonces el tema se propuso como “las condiciones de época en la producción de Poesía”. Tanto el tema como los compañeros de mesa – coordinador incluido – me desorientaron y confieso, también, me asustaron. Uno se refleja un poco en quienes lo acompañan, aunque esa semejanza la haya concebido otro, y la valoración me resultaba inesperada. Supongo que eso fue el detonante para decir que sí: un poco de extrañamiento es necesario también en la vida y en la conversación y la curiosidad primó sobre cualquier reparo otro de mi narcisismo. Además creo verdadero el espíritu de inclusión – que solo puede ser limitado – del Festival y me hubiera resultado ingrato decir que no.

Finalmente la mesa se concretaría el lunes 12 de julio a las 20 hs y estaría integrada por Américo Cristófalo, Romina Freschi y Maximiliano Crespi, coordinados por Vicente Muleiro. Enrique Foffani, quien estaba programado también para la ocasión, finalmente no pudo asistir por un grave motivo personal.

El tema de la mesa para entonces se había convertido en: “Poéticas hegemónicas, poéticas laterales. La relación entre poética y poesía, entre proyecto y producción. Las condiciones de la época en la producción de poesía.” Un choclo, básicamente. Lo comenté con humor algunos poetas asistentes antes de empezar. Comprendo perfectamente los alcances teóricos y académicos que sostienen algunos de los términos de la propuesta – imposible obviarlos además dadas las ocupaciones del resto de los invitados- pero por eso mismo, me causaba cierta gracia. En lo personal, me alejo públicamente de tales enfoques para pensar la poesía, y aunque me lo tomara en serio, sería demasiado largo. Sin embargo, no critico el título – por ahí, durante la charla, alguien se lo adjudicó a Pablo Anadón – aunque por desgracia fue en eso en lo que finalmente quedó la conversación. Sí repito, era demasiado extenso. Pero, a pesar de, creo, tuvo el pequeño mérito de provocar algo,  antes y por cierto, después en murmullos entre los pasillos y por supuesto en la reacción de los panelistas, que a él se abocaron en su mayoría. Con viveza lo advirtió el coordinador, quien antes de comenzar intentó prevenir los ataques al título con una pregunta, pero con escaso éxito, lamentablemente.

Tanto Maximiliano Crespi como Américo Cristófalo habían traído, con distintos niveles de redacción y extensión, sus personales apuntes teóricos. Con soltura a pesar de su clara emoción, Maximiliano Crespi leyó un escrito sobre la relación hegemonía y lateralidad como una ecuación que solo resulta en la reafirmación de un centro, cuando supuestamente se lo pretende disolver.Américo Cristófalo calificó la exposición de Crespi como “clásica” y sostuvo un largo – muy largo – desarrollo teórico sobre la idea de proyecto y su relación con la histórica autonomía del arte, desde el romanticismo – haciendo la también “clásica” mención de los poetas provenzales, y su influencia en el concepto moderno de literatura. Si bien meritoria y probablemente interesante en otro contexto, la exposición resultó un largo rodeo que terminó en la breve postulación de que en Argentina, en poesía, desde los ’80 no hay programas estéticos – ni órganos que los representen.

Digo esto del otro contexto porque, no tanto Crespi - quien se definió a sí mismo como lector, crítico e investigador de poesía, no poeta - sino sobre todo Cristófalo - quién ha escrito un par de libros de poesía, es el editor del sello Paradiso, pero además es el actual director de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires (detalle que fue omitido al momento de hacerse su presentación)- realizó su exposición y todas sus intervenciones posteriores, si bien dedicadas y elocuentes, como si estuviese en ese contexto universitario – y no lo estaba - y así no pudo dejar que su voz ejecutara alguna otra modulación que la que corresponde al discurso académico y su política.

 

Aquí es donde las sensaciones que tuve al recibir la invitación, empezaron a armar algún tipo de sentido para mí. Lo que yo había pensado y garabateado en mi libretita tenía que ver con justamente dejar de lado el título y sus invitaciones teóricas – que como mis compañeros bien advirtieron tan solo lleva a las aporías y a las mutuas cancelaciones en el éter de la teoría, aunque ellos no renunciaran a la seducción de ese discurso – para pasar a un campo más concreto y desde allí tratar de armar algún mapa en conjunto. Como dije allí mismo, lo que yo hice con el título fue de algún modo “creérmelo” sin cuestionar su lenguaje y empezar a dibujar con esa consigna, un mapa de mi propia opinión. Con poca elocuencia – lo mío no es la oralidad – pero sí con una presencia real en mi momento, contrasté sobre todo con Américo Cristófalo quien parecía poseído por un espíritu que lo hacía ocupar más espacio físico en la mesa – literalmente tuve que correrme en varias ocasiones de su lado – y amedrentar al público con un tono patotero  (y no es una sensación mía, por ahí alguien le dijo “pero parece que nos estás retando!”) y una catarata sintáctica – perfecta y continua, debo confesar, para mí que soy un zoquete hablando en público, es admirable – que no permitía diálogo alguno. Varias veces marqué esto como una imposibilidad de discutir – y no sólo entre nosotros, los que estuvimos ahí debatiendo, si no entre coterráneos, ya desde hace tanto tiempo - porque este discurso no respondió nada en concreto y es una evasiva constante que sostiene la Academia sobre el campo de lo real – y claramente una estrategia de poder, porque sólo se puede negar o burlar la existencia de la periferia desde un lugar central.

 

Este contraste me valió varios ataques, claro, el más cómico una comparación velada con Beatriz Sarlo. Es la tercera vez en mi vida que me comparan con Beatriz Sarlo. En lo personal, en mi trayectoria y en mi trabajo, no hay nada que haga que me parezca a ella, lo cual me conduce a pensar que de alguna manera,  en realidad, Sarlo opera como único modelo de intelectualidad femenina proveniente del campo de las Letras. Creo que eso es algo a derrumbar con urgencia.

 

En lo que a mí respecta, creo que no hay puntos de contacto más que decir que Beatriz Sarlo fue una de mi profesores en la facultad, nada más. Y agregar que también lo fue Cristófalo y por más tiempo.

 

Más allá de esta aclaración un tanto ridícula, el contraste tiene que ver con ese problema “clásico” de la crítica: pensamiento teórico versus  pensamiento pragmático. No sé si Cristófalo realmente polarizará tanto con mi posición (no olvido que con él leí a Mathew Arnold en la Facultad) pero eso fue lo que pobremente pusimos en escena.

 

¿Y la poesía actual? Bueno, poco pudimos decir. Cristófalo mencionó a Leónidas Lamborghini, quien murió recientemente con una obra que abarca los últimos cincuenta años. Así hizo gala de la presbicia de la crítica académica, que solo puede leer  poniendo los objetos “a cierta distancia”. Nada se pudo preguntar, por ejemplo, acerca del lugar de la poesía en los programas académicos o los enfoques y metodologías que se utilizan o sería interesante implementar en la carrera de Letras.

 

Crespi hizo algunas menciones a problemas superficiales pero reales en cuanto a la elección de sus objetos críticos, como por ejemplo elegir a Bustriazo Ortiz por ser un autor que consideró “desleído” por la vertiente hegemónica de poetas- críticos de Diario de Poesía.

 

Esa hegemonía se respiraba en el ambiente de la sala, pero no se pudo desglosar. En parte el Diario, que sigue siendo una columna vertebral que sostiene, junto con la distancia de la academia, un modo hegemónico de leer la poesía actual, está disgregado, parece invisible, un poco en el pasado pero no lo está: ha partido sus zonas de influencia con los distintos focos de poder de los ex – diarios:  en Rosario y en su célebre Festival Internacional,  tirando abajo la programación del Rojas y el CCEBA y alimentando de vez en cuando el nivel de la revista cultural del grupo Clarín, apuntalando desde hace años el Centro de la Cooperación, ahí donde se hizo el Festival – por ahí se escuchó la frase “ es que estamos en el Centro!” aludiendo claro, al Centro de la Cooperación, pero sobre todo, al centro hegemónico que habíamos ido a señalar y terminamos casi velando. Samoilovich mismo, quien sigue siendo el director del diario, publica en toda prestigiosa editorial europea y  trabaja codo a codo asesorando al ministro de cultura de la Nación. De allí todas las políticas culturales, no?

 

No sé si está bien o mal, no se trata de un ataque – ¿en qué me estaré metiendo?-  pero que hay hegemonía, la hay, llamémosla como quieran.  Y esto trae consecuencias, dibuja un determinado panorama.

 

Por ahí una de las asistentes, algo torpe y ciertamente indefendible, pero con fervor auténtico y mucho tartamudeo, citó confusamente partes del manifiesto comunista y celebró la pensión para los escritores. No fue muy efectiva su participación, pero a mí me dejó pensando que, una de las consecuencias de una hegemonía es que los apoyos económicos empiezan a ser destinados a determinadas estéticas, a determinados modos de entender la poesía y a aquellas personas que realizan determinadas prácticas, y otras van quedando relegadas.

 

Claro, poco tiene que ver el trabajo poético con llenar un bolsillo, así nos gusta creer. Pero es difícil realizar un trabajo poético cuando tenemos una preocupación o una dependencia económica y cuando sentimos con fuerza la exclusión o la presión social de nuestros supuestos colegas, que terminan siendo exclusiones o presiones económicas, ya que hay también una economía de lo simbólico (toda base material, necesita una superestructura ideológica). En ese sentido, parece que las zancadillas entre los empleados de cualquier oficina son las mismas que se dan en el ambiente poético (hace unos años el británico Ricky Gerbais creó una magnífica sitcom The Office, que creo que se ajusta muy bien al comportamiento de The Poetry local)

 

Pero todo eso lo pensé después – qué fácil ¿no? No, la verdad no me resulta tan fácil volver sobre lo hecho, lo actuado, y tratar de seguir pensando. Si lo hago es porque ansío el diálogo de todos modos, y porque creo que seguir pensando aporta, aunque tenga que mediar la distancia y el silencio entre emisión y emisión. No todo siempre se reduce a una performance en escena. – Entonces ¿Qué dije ahí yo? Poco llegó a escucharse en medio de todas estas discusiones y sobrentendidos que se manejaron, pero yo respondí la pregunta que había pronunciado al principio Vicente Muleiro, si había un centro en la poesía argentina. Mi respuesta fue que sí, y creo que todo lo que dije anteriormente habla de que, a pesar de que no lo sostengo y hago la mía, sigo observando que lo hay. Entonces sin embargo, hablé  de  prácticas hegemónicas que prefieren poéticas narrativas y lenguajes despojados, configuraciones subjetivas cercanas al yo lírico o a la noción de personaje, pero siempre respetando una única concepción de sujeto, y una única forma gramatical para ella, temática relacionada con lo íntimo, lo cercano o lo cotidiano urbano, con una ventana muy pequeña hacia lo universal o lo filosófico,  forma breve – poemas de una página como standard-, verso libre y estructura oracional de los versos – por sobre cualquier estructura rítmica, aliteración o isotopía fónica -en un supuesto de legibilidad, citando a Emiliano Bustos, al que yo llamé, citando a Roland Barthes, complejo de virilidad.  No hubo tiempo de desglosar estas brevísimas direcciones o proponer ejemplos. Hubiéramos necesitado horas solo para entrar en algún tipo de lenguaje en común.

Ahora, luego de la charla, agregaría, habitus críticos decimonónicos y borgianos. Sin embargo, algo que me molesta de esos habitus es que no hablan de poesía, hablan de cómo criticar o mirarla, o leerla, o qué hay que leer, o de lo mal que leen los otros pero nunca nadie se dedica a leerla. No voy a hacer esa crítica de la crítica. Me interesan las excepciones a eso,  otra intelectualidad,  una constelación sin verticalidades, o con verticalidades eventuales y flexibles. Fé de ello da todo mi trabajo en Plebella, y antes en Zapatos Rojos y también en Cabaret Voltaire, Arte Plegable, ahora también con Pájaros Locos y Work in Progress siempre en la Estación Alógena y en El Surmenage y en mi poesía. Al fin y al cabo, yo era la única poeta de la mesa, la única que fue a hablar desde esa posición a la que me es imposible renunciar.¡

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Aunque no asistí a todas las mesas de lectura y discusión del festival, aquellas en las que sí estuve presente,  y por lo que conozco de las obras de los participantes más los comentarios de mis colaboradores, confirman en gran medida un estilo y una dirección que toma el festival, a menos en las instancias estéticas.  Sin extremos – esto es sin coloquialismo político ni acrobacias barrocas ni posturas de género ni realismo sucio, ni aniñado pop o vanguardismo concretista,  al menos no en versiones puras, sí diluidas – podría afirmar que de todos modos las prácticas narrativas y el vocabulario despojado, fueron lo hegemónico.

Sin restar autenticidad a las obras- mucho menos calidad, ya que no fue un festival desparejo en ese sentido, al contrario, creo que el nivel fue bueno-  me parece que es un punto que viene al caso de la crónica que aquí realizo. Con respecto a la autenticidad, es notable el predominio de un yo lírico cercano al autor y a la idea de sujeto social que cada autor representa. Habría que plantear quizás si es posible la autenticidad fuera de un rol social o si es la poesía o no una posibilidad de trascender dichos roles o simplemente qué pasaría proponiendo otro punto de partida (y pienso en algo más valiente y osado que la parodia).

Otra característica afortunada del festival fue su intento de federalismo y apertura latinoamericana. Si bien de manera discreta y limitada, y por supuesto, muy ligada a las ediciones El Surí Porfiado, lo cierto es que el festival contó con poetas de varias zonas del país y con la visita internacional del peruano Antonio Cisneros.

Con mucho camino por recorrer – por suerte – puede decirse que este segundo festival de poesía en el Centro de la Cooperación cumplió con sus propuestas, abrió interrogantes y vías de comunicación y augura sostener el trabajo en sus próximas ediciones. Ojalá esta crónica sea un aporte.

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